A las 5 y 32 minutos de la madrugada del 6 de agosto de 1945 un bombardero B-29 partía de una pequeña isla del Pacífico Sur en el curso de una operación secreta. Su misión era arrojar sobre una ciudad japonesa la primera bomba atómica de la historia. Este hecho es la prueba de como el sentimiento puro tiene la capacidad de construir y la inteligencia mal aplicada, la capacidad de destruir, y que sus límites a veces son infinitos, porque esta bomba por ejemplo fue más allá de romper un edificio (...)

Recordar para que no vuelva a suceder
